ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino,
moños de seda que liban las nalgas en un aleteo de mariposa.
paseo tomados de los brazos, para transmitirnos nuestros estremecimientos,
y si alguien me mira en las pupilas, aprietro las piernas,
de miedo de que el sexo se nos caiga en la vereda.
al atardecer, cuelgan los pechos sin madurar
del ramaje de hierro de los balcones, para que los vestidos
se empurpuren al sentirme desnuda,
y de noche, a remolque de mi mamá -empavesada como fragata-
a pasear voy por la plaza, que los hombres eyaculen palabras al oído,
y los pezones fosforescentes, se enciendan y se apaguen como luciérnagas.
vivo en la angustia de que las nalgas se pudran,
como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres sofoca tanto,
que a veces quisiera desembarazar de él como de un corsé,
ya que no tengo el coraje de cortarme el cuerpo a pedacitos y arrojárselo,
a todos los que pasan por la vereda.
(*barrio argentino)